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Con ocasión de un aniversario más de la muerte de ese gran amigo y maestro
que fue Luis Alberto Álvarez, publicamos este texto, aparecido en mayo de 2006
en el suplemento Generación, del periódico El Colombiano

***

LOS AMORES SECRETOS DEL GORDO

An Angel at My Table (Campion, 1990)
Elegía a la vida, una de las obras más inspiradas del cine...

Por Santiago Andrés Gómez

Luis Alberto Álvarez se regodeaba haciendo comparaciones entre el cine y la música. La más recurrente era la paráfrasis a una frase de Rossini según la cual sólo hay dos clases de música, la buena y la mala. No obstante Harold Bloom, a quien Luis de haber leído hubiera estimado, dice que toda la mala literatura se parece pero que la que merece ser llamada “grande” es de una diversidad pasmosa y que los géneros “constituyen auténticas divisiones dentro de ella”. Podemos extender la observación de Bloom a todo el arte, porque su agudeza está en que no contradice sino que se apoya en una verdad rotunda, la cual además matiza.

En efecto, y muchas veces a nuestro pesar, no son los géneros los que definen nuestro gusto: de otra manera bastaría con que una novela –o una película- fuera, por ejemplo, policíaca, y con ese mero hecho nos satisfaría. Como sabemos no es así: si esto sucede en determinada etapa de nuestra historia como lectores o espectadores –frecuentemente la infantil-, con el tiempo descubrimos que cada uno de nosotros desarrolla tendencias más sutiles que trascienden el tema por más que nos interese. Éste cobrará importancia entonces no sólo por su incidencia dentro del estilo –lo que llamamos propiamente un “género”- sino además por las variaciones en ese estilo que renueven tal tema, el sello que marquen en él los autores o unas afortunadas circunstancias y que determinará si una película fue en verdad expresiva o mero desgaste.

Les baisers de secours (Garrel, 1989)
Philippe Garrel, ó "la delicadeza hecha cine"

Como sé que tal juicio sólo lo sabe hacer bien el tiempo, no pretendo decir que las películas favoritas de Luis Alberto Álvarez sean mejores que las favoritas de Alberto Duque –y no ironizo-: sólo partiré de la consideración de que en cada país, en cada escuela y aún en cada autor, un espectador sensible sabe encontrar momentos u obras enteras que lo toquen tanto como obras y momentos de autores, escuelas y aún países que uno llamaría opuestos. Quiero decir que Luis gozaba tanto de Avalon, del pusilánime imperialista Barry Levinson, como de la Trilogía de Koker, del viril iraní Kiarostami, con lo cual apunto a que precisamente su fruición era no meterlas en el mismo costal. Me referiré, separándolas por grupos, a películas que Luis amaba y que no son famosas entre nosotros.

Lo que más le interesaba a él era el cine mudo, del cual mencionaré dos comedias. Sabemos que en esta etapa el trágico Murnau y el documentalista Flaherty eran dos de sus muchos héroes. Pondré un tinte alegre más allá de lo obvio –más allá de Keaton y Chaplin-: brindo por Luis al recomendar al Harold Lloyd de La seguridad por último y más que nada al René Clair de Un sombrero de paja de Italia. Álvarez valoraba estas comedias por igual que sus queridas Amanecer o Nanook. Del sonoro, que veía como “otro arte”, había maestros que admiraba no sólo por sus obras mayores sino incluso más por películas sencillas, frustradas o no características como Juegos de verano, de Bergman; Soberbia, de Welles, y Los inútiles, de Fellini, las cuales adoraba.

L'enfant sauvage (Truffaut, 1969)
"Yes we need more / Education!", solía cantar Luis,
bromeando con la canción Another Brick in the Wall, de Pink Floyd

En cuanto al llamado “cine comercial”, Un tropiezo llamado amor (The Accidental Tourist), The Commitments y en especial Cuenta conmigo, eran pequeñas joyas de todo su afecto. Y sobre lo que él llamó “filmes invisibles”, películas que no llegaban a Colombia, no dejaré de mencionar Todas las mañanas del mundo, El festín de Babette y Totó el Héroe. Además recuerdo tres cintas que Luis citó en el centenario del cine como indispensables: Los olvidados, de Buñuel; El niño salvaje, de Truffaut, y Andréi Rubliov, de Tarkovski.

Sin embargo, he escogido diez de las que nunca escribió y eran sus “amores secretos”.

“Quizá sea la definición de poesía lo que uno siente como poesía inmediatamente, cuando lo oye. Yo estoy oyendo constantemente rachas así de poesía por la calle”, decía Jorge Luis Borges. Creo que hay un “gran arte” distinto de otro, pero que existe con frecuencia donde uno menos lo sospecha.



Never Cry Wolf (Ballard, 1983)
Una película que vio editar
y luego fue una de sus más queridas

EL RANKING DIEZ PELÍCULAS FAVORITAS DE LUIS ALBERTO ÁLVAREZ

  1. La noche de San Lorenzo, de Paolo y Vittorio Taviani. Con ternura incomparable se recrea la llegada de los americanos a Italia en la Segunda Guerra Mundial.
  2. Un ángel en mi mesa, de Jane Campion. Luis esperaba que la Campion fuera el nuevo gran clásico del cine: esta película daba para pensar en ello.
  3. La pequeña ladrona, de Claude Miller. Quien fuera asistente de dirección de Truffaut lleva magistralmente el último guión de éste a la pantalla grande.
  4. Los besos seguramente, de Philippe Garrel. Esta película es equiparable a los momentos más delicados de Mozart, a quien su realizador también utiliza.
  5. Errantes del desierto, de Nacer Khemir. Una de las más hermosas películas de todos los tiempos, semejante a la ilusión de Las mil y una noches.
  6. Jesús de Montreal, de Denyz Arcand. Luis Alberto Álvarez llamaba “caviar” a esta cinta, en la que veía una parábola humanista de la figura de Cristo.
  7. Los jugadores de ajedrez, de Satiayit Ray. Deliciosa narración de una partida de ajedrez interminable entre dos amigos: apología y diatriba de su sociedad.
  8. La noche del cazador, de Charles Laughton. Única película del gran actor y una de las obras más alabadas mundialmente por críticos y cinéfilos.
  9. Los lobos no lloran, de Carol Ballard. Obra de serenísima y vasta capacidad de contemplación, de imágenes insuperadas y escalofriante trama.
  10. Un lugar en el mundo, de Adolfo Aristaraín. Esta película manifiesta una templanza y un compromiso conmovedores, fundamentados por la propia vida.


Prolegómenos a “Diario de viaje” 3 y 4

CÓMO HAGO PARA NO DROGARME DESPUÉS DE HABER PERDIDO EL SER EN ELLO



Por Santiago Andrés Gómez

Es curioso, pero por algo digo “prolegómenos”, como aperitivos a lo que serán mis próximos trabajos mayores, la tercera y cuarta parte de Diario de viaje, un como segundo bloque de lo que, apenas me vine a desayunar hace poco, fue un paso adelante, insólito, en el documental colombiano… Si yo no lo digo, nadie lo va a decir de frente, sino en melindres al pie de la Puerta del Sol, o en la penumbra de una cueva loca. Resulta que las cosas que se hacen repercusión tienen y pésimo sería que quien predica no sepa que mínimamente lo dicho ejerce su primera influencia sobre lo que de él se espera y se dice. Hace poco se ha empezado a dudar de mi capacidad mental y de la verdad de mi sobriedad, gracias a que he desatado todos los lobos de mi creatividad, arrinconada en sitios donde lo mejor era hablar de lo que no levante costras, aunque esas costras sean en verdad una gangrena purulenta que mejor sería lavar bien y airear. El momento llegará. Por mi parte, bueno es reconocer lo poético.

Un lado raro es la variedad de nombres que empleo: Viejo Roble, Salvador Gallo, Segundo Calvo, Norma Allende. Como decía Peter Greenaway en Medallo y refrendaría Vargas Llosa, sano es llevar varias vidas mentalmente, y como sabe mejor que nadie Óscar Campo, al fin y al cabo es inevitable. Una cosa somos a veces y otra a ratos menos tenues, al vendaval le sucede una brisa seca, y cuando menos pensamos el sol despunta. Las mañanas son más largas en junio. Los huevos de algunos peces emergen cuando el agua se entibia, y así somos todos, cambiantes como Alma en Persona: nada tiene que ver esto con la conciencia, y a ésta mejor es desprenderla del afán por encontrar la calma que solo ella es, indiferente a todo. Si miramos con la lupa puesta en el fin del mundo que cada instante resopla, no alcanzaremos sino a sufrir con la talla del segundo que nos envanece allí, donde no nos alcanza. Baste esto, en verdad mi palabra es sabia, pero no muy mía. Atíname a reconocer como un buen alumno de la mística antioqueña, de vuelta del infierno: yo subo, de eso no tengas duda.

BITÁCORA DEL INFIERNO SABÁTICO

Me alargaría diciendo que mi amor a las drogas empezó por oír a Lennon y McCartney como sinónimo del uso y me imagino disfrute de las mismas, siendo tan sublime la belleza de The Fool on the Hill, que a mí oyéndola se me paraba y me quedaba dormido sin necesidad de mover un dedo [atención: al escribir esto mueven una silla increíble en el piso de arriba con rabia inaudita, perceptible aun sorda: voy para ese asunto, pues mi estructura es matemática, mi letra simple prueba de parábolas directas y enfáticas que evidencia la existencia como denuesto no dimensionalmente aplacable, aunque también sea sí, y desde atrás, desde siempre, un aplacamiento necesariamente denostable, en mi solfa, con mi ruedo]… Y cuando Paul Simon, el autor de The Sounds of Silence se saboreó la dedicatoria de una canción “a todos los marihuaneros de Nueva York”, yo dije algo así como: figuró. De hecho, pensé: seré tan genial como los Beatles, y drogadicto, y mis hermanos me tendrán que mantener.



Ya había visto cómo un heroinómano o cocainómano, no recuerdo, se agarraba a tumbos contra las paredes, en una serie de TV (podía ser Lou Grant, o incluso Paper Chase, o mira por dónde, Baretta [no era Barnaby Jones]), por no poder sugestionarse en el paraíso de la mente somnífera. Para mí el afán era volver al terreno de los sueños, a esa tierra del Nunca Jamás de algunos cuentos infantiles. Ver las junturas de las cosas en el aire y en la esencia misteriosa, contigua, de su propia epidermis. Puedo brincar lejos y decir: ya lo logro (suena una alarma en la calle y alguien grita mi nombre: los vaticinios de H. G. Wells, Aldous Huxley, Philip K. Dick y George Orwell son verdad hoy, descifrada previamente por Althusser, Foucault y otros filósofos del poder y la resistencia).  Puedo brincar desde aquellos tiempos por encima de todo el dolör y el sufrimiento que causa el conferir la libertad y el placer a una sustancia, hasta llegar a la verdad meridiana de mi vida actual, una central entereza, debida a la meditación.

Luego de sobredosis siniestras, luego de combates conmigo que veía en otros a quienes tomé por Satanás de mis Amores, luego de casi perder la vida, que hoy, mirando atrás, me lo da todo, porque lo que viví es mío, porque por mí existe y sigue exisitiendo, cuando ya no daba ni cinco centavitos por mí mismo, mi hermano Diego se decidió a detener el infierno en que vivían mis padres (todo eso está ya contado en otro lado), y me forzó a iniciar un tratamiento en serio, con muy pocas perspectivas halagüeñas. Si de algo me he de sentir orgulloso en mi vida, es del gesto de suficiencia que tuve al mirar hacia las montañas, lejos, muy lejos, y pensar que mi familia quería ayudarme, y que el mundo no era un enemigo. Hacerme amigo de mí mismo: eso es lo único que me tiene con vida. Y esa frase de mi tutor, Ángel Villamizar, un día, cuando menos lo esperaba: “Ámate, valórate… ¡Cuídate!”. Poco o nada sería todo eso si no hubiera descubierto algo mejor que el placer, y es la verdad del silencio holgado.

DISOLUCIÓN EN EL SER INDESTRUCTIBLE



La meditación obra en virtud de un distractor permanente que apenas vibra con las fibras más sutiles y firmes de tu propio ser, un mantram que el disciplinante facilitador ha descubierto en ti según conocimiento milenario. Sumirse en la pronunciación mental o evocación íntima, interna, de esta vibración, te aleja de cualquier realidad que consideres inaplazable o aun letal. Existe una certeza de lo imborrable que te afianza en la correspondiente certeza de una trascendencia que te comprende, que te desborda pero te acoge e impulsa sin esfuerzo hacia el reconocimiento propio y la simple dicha plena de estar vivo y respirar (ahora se me erizan las pestañas, y sé que no lloraré todavía, no todavía)… A la dicha se accede tan pronto se pierde porque la esperanza es el secreto de la vida, porque de esa dicha provenimos: el placer sexual es sagrado, es prolongación, muerte sublime para mucho más seguir viviendo… Mayor que el placer es placerse en el placer, la dicha del orgasmo está más en su no estar…

Detrás de todo orden funcional ineludible y justo, necesario siempre y contundente, tanto como para no poder ser sino ello, y en ello, existe una Fuerza Central, reconocida de modos diversos pero equivalentes a lo largo de la historia humana, algo que sin duda gobierna nuestras vidas. No hay una separación entre ella y nosotros, pero desde luego nuestra especial capacidad para nombrarla y reconocer órdenes dispuestos de procedente manera y superpuestos entre sí en la vida propia y ajena del cosmos, hace más que inevitable, necesario un reconocimiento de inferioridad en el que nos sentimos solos por ser todo lo que llamamos, y especialmente nosotros, algo pasajero. Pero tal inferioridad conduce al recogimiento y al filial sentido de pertenencia en que se hunde quien se fuma un marihuano o se güele un gramo, o dos o tres, así, de a pincelazos, hasta que se le acaba, y ahí si viene la debacle, porque todo el sentido adquirido de retorno a la unidad indiscernible, se vuelve expulsión del paraíso.



No es para vivir que medito, vivo para meditar. La unción del toque sagrado me toca ahora en lo más profano como un vistazo que señala la inoperancia final de todo afán meticuloso o despreocupado. Me veo. Rozo el absurdo de todo y no tengo vergüenza. Podría llamárseme antisocial si no fuera capaz de articular doblemente o casi en tripleta el sentido coloquial de todo bien disperso. Pensar que alguno se atribuye sus actos cuando son venia revertida del montón no deja de hacer risueño el felpudo trance de sus peripecias. Mas hay que contenerse y darle pie a la mención de sus hazañas, por parte del curita en el funeral o de la amante en la cantina, oyendo “nadie es eterno en el mundo”. Dejado libre y volátil el perfume de las ejecuciones sumarias al debate ajeno, lo pasado no es menos que el presente y el presente es un simple confiar en la prestancia de un bien último. Hecho nada, te concede al universo. Hecho nada, serás de los nuestros, te dice. Es una voz secreta, pacífica, materna y sin edad.

CUESTIÓN PRÁCTICA

En uno de los Hogares Claret, en la Clínica La Alborada, fue donde gracias al padre Gabriel Mejía descubrí la técnica insuperada de la meditación trascendental, por vía directa desde los Vedas, tras-milenaria, del Maharishi Mahesh-Yogui, el mismo que enseñó a McCartney y a Lennon, y a cientos de miles en Occidente y todo el mundo, y por supuesto del Guru-Debba, el maestro a quien canta Lennon en Across the Universe y a quien se agradece al final de cada trance meditativo por brindar el conocimiento trascendente a Maharishi con el fin de divulgarlo planetariamente a una humanidad que tanto lo necesita como está dispuesta y preparada. El texto La ciencia del Ser y el arte de Vivir, escrito por el citado Mahesh-Yogui, ahonda en lo que él mismo decidió como carrera profesional, para penetrar en las profundidades de un conocimiento superficial, o digamos de lo tangible: la física pura. No es desconocido, aunque tal vez se le siga diciendo charlatanería por mucho tiempo, que el vacío es casi impenetrable.


Quiero confesar (de nuevo) el valor absoluto e imborrable de cada ser humano que me lee, y por supuesto el propio. Quiero determinar en este escrito como mensaje central la revelación incontrovertible de todo instante fugitivo como camino de impensable coherencia en pos de un remanso sumo, que no perderemos jamás, y que es más sano reconocer en la compañía y aun en la agresión del otro o de nuestros mismos recuerdos e impulsos. Quiero señalar que estuve a punto de perder la vida, y que en realidad perdí el ser en la droga, pero que he vuelto a él, o él a mí, y que llamo misión lo que el espíritu de la vida me susurra cuando adquiere sentido en mi experiencia abierta a la comprensión de mis semejantes. Como decía Luis Alberto Álvarez, o como era él, mi maestro en la crítica cinematográfica, yo soy ante todo un divulgador. Como artista, quisiera considerarme lo que entendía Andréi Tarkovski como sentido del poeta, y es poder afianzar los lazos que ineludiblemente nos unen a todos entre nos.


Cuando salí de La Alborada quise abrazar al mundo, pero me he dado cuenta de que el mundo tiene una perversión infantil porque su abrazo condicione la verdad. En tal sentido, ser mortal no me detiene ante la idea de repetir como el Gran Maestro: “El viento sopla donde quiere”. He aquí el prolegómeno, el proemio a Diario de viaje 3 y 4. No sabemos lo que depara el destino, aun cuando tengamos en nuestras manos la decisión más definitiva. No sabemos lo que somos. Hemos olvidado la condición esencial de lo humano, quizás porque nunca la aceptaremos, o porque ella misma es el olvido o, quién sabe, una posibilidad de cambio o capacidad de éxito que obnubila, que no es conocimiento, que con todo y su asombrosa ligereza, con todo y su pavorosa inteligencia, capaz de mezclar la ingeniería genética con la nanotecnología, y hacernos dioses, no podrá revertir el tiempo, no cambiará su destino al tiempo en que pueda salvar el alma, y solo conseguirá su destrucción, al precio del más triste perdón divino.


El banquete será luego.




Con ocasión de la presentación hoy, martes 29 de mayo, de Psicosis (Psycho, Hitchcock, 1960), en un auditorio tan apropiado para el efecto, como lo es la Torre de la Memoria de la Biblioteca Pública Piloto, publicamos este texto, escrito originalmente hace dos años para la revista virtual Extrabismos, con motivo de su especial sobre las series de televisión cinematográficas

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INFIERNOS EN LA SALITA DE ESTAR

El célèbre autorretrato, que también identificaría la serie…

Alfred Hitchcock (1899 – 1980) identifica un modo de hacer cine encarnado también, y de modo menos conocido, en la serie de televisión Alfred Hitchcock Presents, que la CBS emitió por primera vez desde 1955 hasta 1965. Aclamado y atacado, el arte de Hitchcock se desliza tan fácilmente ante nuestros ojos, que hoy perdemos de vista sus señas peculiares al confundirlas con un supuesto mecanismo propio del cine, que el inglés terminó definiendo, o con sus más cuestionables usos. Vale la pena salirse del cliché, y apreciar las creaciones de Hitchcock menos por sus convenciones que por su veneno.

Por Santiago Andrés Gómez[1]

La noche del domingo dos de octubre de 1955, a las nueve y media, las familias norteamericanas pudieron ver en sus televisores la aparición, tras esa fanfarria luego inseparable de ese espacio[2], de un hombre grueso y calvo, circunspecto y de aguda labia, que tal vez allí resultara sorpresivo para quien supiera que se trataba del cineasta Alfred Hitchcock, pero cuyas palabras seguramente lo habrán hecho para el resto más grotesco que otra cosa, aunque también muy atrayente.


“Buenas noches. Soy Alfred Hitchcock. Esta noche les presentaré la primera historia de una serie de suspenso y misterio que, por extraño que parezca, se llama Alfred Hitchcock presenta. Yo no actuaré en estas historias, pero haré algunas apariciones. Seré algo así como un colaborador antes y después del crimen. Les diré el título a aquéllos que no saben leer y les explicaré el final a aquéllos que no lo hayan entendido”, fueron sus palabras iniciales, y al final, como conclusión del primer episodio, apuntó: “Como ven, el crimen no paga, ni siquiera en televisión… Para eso necesitan un auspiciante”.

HITCHCOCK Y SU PATROCINADOR

El mencionado auspiciante era Bristol-Myers, que había aceptado con entusiasmo la oportunidad de pautar en un espacio tan prometedor. El puntilloso Donald Spoto reconstruye el momento así: “Sus largometrajes [los de Hitchcock] estaban dando millones; la televisión podía dar decenas de millones” (Spoto, 1998, p. 327). Tal acicate fue el pulmón del proyecto: para quien recuerde los rasgos, las costumbres y los recursos de esa prosperidad que una cinta como Avalon (Levinson, 1990) revela en los Estados Unidos de mediados del siglo XX, no le resultará desconocida la atmósfera que recompone Spoto. “Sabían que la televisión –con sus cadenas en expansión, más canales, incremento de los tiempos de emisión y un creciente número de patrocinadores comerciales ansiosos por anunciar sus productos– estaba esperando nuevos programas cada temporada” (Ibíd).


Pero del mismo modo en que ya existían varias series dedicadas al género del suspenso, como The Clock, The Web o Danger, entre otras, sin que para ellas el humor negro fuera un detalle importante, o tan siquiera eventual, Hitchcock pondría su sello peculiar incluso en el manejo de la publicidad. En un contexto eminentemente comercial, como lo fue desde muy temprano la televisión, en un espectáculo elaborado desde el principio con esa perspectiva, sus chistes y burlas al auspiciante harían fama, y no sólo aligerarían el tinte dramático o macabro de las historias, sino que, asombrosamente, revelarían o reafirmarían el genio del inglés como estratega en la difusión y venta de sus productos, ya que, si en un principio los patrocinadores se sintieron un tanto molestos, “les bastó echarle una mirada a sus índices en ventas”, según Hitchcock, para darse cuenta de “la idoneidad de sus chanzas” (Ob. Cit., p. 329).

Para entender un poco el grado del atrevimiento, recordemos la aparición final del cineasta en el episodio Tienes que tener suerte (You Got to Have Luck, 1956 –dirigido por Robert Stevens, y protagonizado por John Cassavetes), cuando, con maravillosa suficiencia, Hitchcock especula con el número de segundos que debe gastar el auspiciante para decir lo que tiene que decir, y empieza a contar: “¿Uno, dos, tres, cuatro, cinco…?” El comienzo del anuncio lo deja contando, y al terminar la publicidad, volvemos a Hitchcock: “¿511, 512, 513…? ¡Ah! Muy bien, gracias. Nos vemos la próxima semana, buenas noches”.


LECCIONES DE MORALIDAD PRÁCTICA

La serie se volvió rápidamente la más popular de la televisión, no sólo en Estados Unidos, y hay que entender que las apariciones de Hitchcock, que podrían parecer puro protocolo, cuando no una payasada, eran parte sustancial de su toque[3]. Así, por ejemplo, en su presentación de Breakdown (traducida a veces como Emociones, a veces como Paralización) nos dice: “En cada una de nuestras historias intentamos enseñar una pequeña lección o un aspecto de moralidad práctica, cosas como las que nos enseñaba nuestra mamá: ‘Camina sin hacer ruido y lleva un buen palo’… ‘Golpea primero, pregunta después’… Ese tipo de cosas”. Aquí Hitchcock, sin hacer alarde de nada, tomándose las cosas muy a broma (según los libretos del dramaturgo James B. Allardice, ya muy preparado en el humor de Hitch), nos explica con claridad en qué consiste su “fácil” entretenimiento, que es en verdad muy siniestro y a la vez defensivo, y que parece contentarse en mirar o, más bien, en describir –muy recargadamente– a la humanidad, al peligro constante en que se mantiene, en vez de idealizarla, o simplemente, en vez de solidarizarse, porque no confía para nada en ella.

Quizá Hitchcock se conocía demasiado a sí mismo, y sabía que, si no era un criminal, lo más seguro es que no lo fuera por puro miedo.


De hecho, la serie se interna en terrenos que se salían cada vez más de sus películas luminosas o, digamos, equilibradas, de mediados de los cincuenta… Acababa de pasar una suerte de luna de miel con el guionista John Michael Hayes, quien le había dado al inglés algunas de las ideas y estructuras que más célebre lo hicieron en todo el planeta, con una fórmula que conjugaba de modo magistral, por su muy sutil ironía, el final feliz con la exposición de vicios difícilmente asumidos por la sociedad norteamericana como propios…

Fueron filmes como Atrapa al ladrón (To Catch a Thief, 1955) o El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1956) –remake bastante alterado de la película inglesa homónima, también de Hitchcock, de 1934–, pero sobre todo La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) y El tercer tiro (The Trouble WIth Harry, 1955), obras que llevaron el arte de Hitchcock a un grado de sofisticación e inteligencia de ningún modo desconocido en el portentoso autor de Encadenados (Notorious, 1946) o La sombra de una duda (Shadow of a Doubt, 1943), pero que revelaba una forma de cinismo ya perfecta, sin atenuantes. De modo diabólico, este cinismo era ni más ni menos que irreprochable, pero sólo por lo imperceptible, pues al mismo tiempo mostraba que para cualquier comunidad la confianza entre sus integrantes es o debe ser primordial. Hitchcock no era nada ingenuo, sino tanto más mordaz, al poner, de manera imposible, una fe ciega en afectos familiares y en lazos sociales cuya principal cualidad era, notoriamente, la inestabilidad, si no la falacia –puros “paños de agua tibia” para la mente rastrera y el espíritu turbio del ser humano.

Los paranoicos tiempos que vivimos son heredad, casi profecía de Hitchcock.


De cualquier modo, y sin salirnos de su contexto, el perfecto gentleman era el cineasta de los pecados de la clase media norteamericana, de la urbana sobre todo, y a veces de la clase alta, y su evidente explotación de los crímenes y de las bajezas a las que se rebajaban o estaban sometidos los individuos de esas esferas sociales, eran, para unos, puro comercio, para él una forma divertida de expresarse, de jugar, de ser, y para el resto una liberación en la cual el verdadero manipulado era el autor de esos filmes, quien ocultaba su incomodidad esencial detrás de un lenguaje refinado y unos desenlaces impolutos.

Cuando Grace Kelly se casa con el Príncipe Rainiero, Hitchcock, que con ella había fabricado una diosa de la pantalla, y que no podía ignorar su propia falta de atractivo, entró en una crisis de baja autoestima que sólo algunos amigos supieron percibir. Su ruptura con Hayes no fue tan traumática, pero sí confirmó la dificultad que tenía para ser del todo noble, o al menos un poco cálido, con sus colaboradores. Tal era el estado de las cosas, cuando aceptó la reiterada oferta para hacer una serie de televisión.

UNA FUGA

Alfred Hitchcock presenta fue para el cineasta una velada fuga de ira, de locura, de miedo. Se estaba labrando el camino que llevaría directamente al salvajismo de Los pájaros (The Birds, 1963) y, en especial, al cine B hitchcockiano de Psicosis (Psycho, 1960). La serie de televisión permitió al inglés ocuparse de historias más siniestras que las que había tratado, con más expresas referencias a la histeria, a la represión femenina, pero también con inclementes descripciones de la dejadez, del hastío con que el hombre normal suele regalar a su mujer, en espera de vengarse por su absorbente personalidad, como sucede en el maravilloso episodio De vuelta para Navidad (Back for Christmas, 1956), de Hitchcock, o en No regreses con vida (Don’t be Back Alive, 1955), dirigido por Robert Stevenson.



No todos los programas los hacía el maestro, aunque, como decía Joan Harrison, la productora ejecutiva del proyecto, y antigua colaboradora en la elaboración de varios guiones de Hitchcock en los años cuarenta, él contribuía decisivamente en la elaboración de los guiones… De resto, su trabajo no era mucho más, salvo su exigencia, como productor, de perfección en el acabado de cada episodio… Ciertamente, con estos tres aspectos cubiertos al modo en que Hitchcock asumía cada uno (dirección de algunos capítulos, supervisión de todos los guiones, exigencia de calidad a los responsables de la serie), se puede decir que ésta tiene su impronta de arriba abajo.

Como es natural, algunos episodios son una simple farsa, en el sentido literario del término, escenificaciones bufas de situaciones críticas, pero que no ahondan tanto en el drama como otros momentos de la serie que llegan a ser Hitchcock puro, gran cine, y tan intranquilizador como sólo él sabía hacerlo. Es, en este sentido, lo que sucede con El caso del señor Pelham (The Case of Mr. Pelham, 1955), dirigido por Hitchcock, y que sería postulado a un premio Emmy. La historia, escrita por Francis Cockrell, guionista frecuente de la serie, a partir de un relato de Anthony Armstrong, describe con ingenio la locura a la que es conducido un hombre, o en la que ya está sumido… En verdad, nunca sabemos si quien relata la historia es el hombre a quien un doble suyo termina por suplantar, o si él es la copia barata de un igual más auténtico, pero más infame y que, por añadidura, gana paz y madurez con el malentendido, que es cruel por donde se mire…


The Case of Mr. Pelham, 1955 - Parte I


The Case of Mr. Pelham, 1955 - Parte II


En general, las historias tienen todas la audacia creativa y la mente sucia del pulp literario con que Hitchcock tan estrecha relación editorial trabara, como antólogo de relatos mórbidos y depravados. Como decíamos, esta es la senda que llevará a Psicosis, y también lo es por los métodos de producción de la televisión. Hitchcock menospreciaba esos métodos por ser tan apresurados y tacaños en comparación con el tiempo holgado y la actitud perfeccionista del cine (“Simplemente la televisión no puede igualar el alcance del cine”, diría –Ibíd., p. 330), pero, con todo, la televisión le enseñaría posibilidades más bruscas, y sobre todo, por cuanto significó el tono de la serie, más intrusivas, violentas y sinceras.

Desde luego, todo era artificial, todo era más chato en la serie que como terminaría siendo Psicosis, pero igual de afectado y sucesivo y expuesto, como parte del ritual, más que juego, al que el cine nos terminó llevando a todos en el siglo XX, esa “matriz cultural”, ese “estilo clásico”, ese Modo de Representación Institucional, según Bursch, que al modo de ver de muchos no es sino una reproducción, amplificación e instrumento para el dominio de los valores hegemónicos (como el éxito, el concepto de verdad, o el de bondad, entre otros)…


Pero quien, en sintonía con Carlos Losilla (Losilla, 2003, pp. 11-26), sea capaz, aún en la televisión, de percibir matices y aun reveses en la aproximación a (y diversos grados de malicia en) los muchos manierismos con que ese estilo, supuestamente homogéneo, explaya el abanico de sus posibilidades, disfrutará enormemente los capítulos de esta legendaria serie de televisión, cuyas varias temporadas vienen siendo lanzadas por orden en DVD desde hace unos años.

Y además, encontrará en ella todas las vacilaciones, los desórdenes, los devaneos y las pesadillas de un creador que entendía tan bien a su público, a su sociedad, que quizás, como dicen algunos amigos al hablar de Shakespeare, no era nadie y era todos.


BIBLIOGRAFÍA
Donald Spoto. Alfred Hitchcock. La cara oculta del genio. Madrid: T & B Editores / Ediciones JC, 1998.
Carlos Losilla. La invención de Hollywood o cómo olvidarse de una vez por todas del cine clásico. Barcelona: Paidós Ibérica S.A., 2003.



[1] Crítico de cine desde 1991 y colaborador frecuente de la revista Kinetoscopio y del suplemento Generación, del periódico El Colombiano. Realizador de ficciones y documentales en video y televisión, ganador del Premio Nacional de Video Documental, en 1996. También ha publicado la novela Madera Salvaje (Ediciones B, 2009) y El cine en busca de sentido (Universidad de Antioquia, 2010), conjunto de ensayos sobre grandes maestros en la historia del cine.
[2] Se trata de la Marcha fúnebre de una marioneta, del compositor francés Charles Gounod (1818-1893).
[3] Para las versiones francesa y alemana, Hitchcock hizo las presentaciones hablando en los idiomas respectivos de cada nación, a los cuales manejaba con fluidez.


EL HOMBRE TEMIBLE

Por Santiago Andrés Gómez (este artículo hace parte del libro El cine en busca de sentido, Editorial Universidad de Antioquia, 2009)
TODAS LAS IMÁGENES DE HEREDEROS DE STANLEY KUBRICK Y WARNER BRS.


Quizás exagero, o quizá lo que digo no tiene importancia alguna al hablar del cine de Stanley Kubrick, pero siempre he pensado que buena parte de la leyenda que rodea al egregio director norteamericano se funda sobre su exhaustivo y casi amedrentador conocimiento de verdades trascendentales e inaccesibles, como las que cuajaban en los entretelones de la Guerra Fría y que Dr. Insólito (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964) satiriza con escandaloso, lacerante y muy bien documentado detallismo, o como la posible existencia y refinados modos de dominio de sociedades secretas al estilo de la que aparece en Ojos completamente cerrados (Eyes Wide Shut, 1999), sin contar con ese rumor, alimentado por el falso documental El otro lado de la luna (Opération Lune, 2002), de William Karel, de que Kubrick, luego de hacer 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odysey, 1968), habría dirigido el supuesto montaje de la llegada del hombre a la luna, bajo encargo del gobierno de Richard Nixon.

Con todo, lo más inquietante es que, como si se hubiera querido alimentar esa leyenda, o silenciar una verdad peligrosa, o al menos cumplir sólo con un ritual macabro, la muerte del cineasta tampoco estuvo exenta en su momento de ribetes misteriosos, e incluso a la luz de los datos que hoy conocemos. Días después de estrenar la siniestra Ojos completamente cerrados, película en la que la celosa curiosidad de un médico lo lleva a sufrir una sutil pero aterradora persecución por tener acceso fortuito a las veladas ocultas de una tenebrosa organización, Kubrick falleció, sin que la agencias de noticias pudieran dar a conocer las causas del deceso, en una semana en la que también murieron, en seguidilla, otros longevos ilustres que bien podrían parecer miembros de una secta de iluminados. Kubrick murió el siete de marzo de 1999. Al día siguiente murió el gran literato Adolfo Bioy Casares, casi centenario. El diez falleció el cosmopolita pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, de casi ochenta años, y, por último, el doce, el insigne violinista Yehudi Menuhin, de ochenta y tres.


Luego se ha sabido que Kubrick murió de un ataque al corazón, pero si uno recuerda el final de Ojos completamente cerrados, o si ha leído En nombre de Dios, de David Yallop, que no es una fuente poco seria sobre maquinaciones perversas[1], sabe que, puestos a dudar, eso no aclara nada, y las tranquilas palabras al respecto de alguien tan cercano al director como Christianne, su mujer, son tanto más dudosas cuanto que ella es uno de los pilares sobre los que se afirma la fábula de El otro lado de la luna. La pregunta natural que surge es: ¿y a quién le importa…?, pero la muerte de Kubrick es y seguirá siendo intranquilizante porque su obra, y el tremendo impacto que tuvo en el siglo XX, la hacen harto sospechosa. No es tanto como dice esa frase que se repite cada que muere un gran cineasta (“Lo terrible de la muerte de Kubrick es que no volverá a haber ninguna película de Kubrick”). Lo que asusta es más bien el comentario bárbaro del actor Peter Ustinov: “A Kubrick se le tenía como una amenaza para la calma y la placidez del futuro”.

MÁS ALLÁ DE LA PERFECCIÓN

A primera vista podría pensarse fácilmente que un cineasta como Kubrick, cuyo valor más vistoso estaba, es verdad, en la extrema meticulosidad con que encaraba la concepción formal de sus filmes, no tenía por qué suponer, por sí mismo, un peligro para nadie, y menos aún si se considera que, para llegar a penetrar los elevados ámbitos en que se mueven varias de sus películas más famosas, se necesitaba tener relaciones más que estrechas con el poder que retratan. Incluso la NASA tuvo que haber prestado al cineasta una colaboración superior a lo estrictamente profesional, y en cierto modo amistosa, no sólo para que él realizara 2001 con un conocimiento tan preciso de las condiciones en que viven los astronautas en el espacio exterior, sino además para que Kubrick explorara con total libertad, y de manera confidencial, el uso de las veloces lentes de fotografía satelital que se emplearon en las escenas nocturnas de Barry Lindon (1975), las cuales, por primera vez en la historia del cine, fueron iluminadas con velas, tal como se hacía en la época que la película describe.


Pero si atendemos a lo que sucedió con Kubrick desde el estreno de La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971), cuando –cosa bien irónica– recibió amenazas de muerte por parte de algunas de las muchas personas que lo consideraron un incitador a la violencia por esa película, hasta los días previos al estreno de Ojos completamente cerrados, cuando la prensa británica y norteamericana, con descaro, se deleitaba inventando chismes y, a veces de un modo insultante, exagerando los rasgos de las supuestas manías patológicas de que Kubrick, según los periodistas, había hecho gala a lo largo de su ya muy larga carrera, una frase que Maurice le dice a Johnny en Atraco perfecto (The Killing, 1956), en el momento en que Johnny lo contrata para participar en el asalto al hipódromo, resuena en nuestros oídos con un eco un tanto trágico: “¿Sabes?, siempre pensé que el gángster y el artista son iguales a los ojos de las masas. Son admirados y venerados, pero siempre está el deseo interno de ver su destrucción en la cima de su crecimiento”.

Kubrick se hizo a su modo, y tan pronto se sintió con alas, todavía joven, fue polémico. Surgió como independiente en el momento en que los grandes estudios ya declinaban, y cada nueva película suya lo afianzaba más dentro del medio. La elemental pero efectiva El beso del asesino (Killer’s Kiss, 1955), su segunda película –la primera, Fear and Desire, realizada dos años atrás, es hoy casi inaccesible, por voluntad del propio Kubrick– le permitió asociarse en una empresa más sólida con James Harris, un joven productor de la NBC. De esa comunión nacieron Atraco perfecto y Senderos de gloria (Paths of Glory, 1957), que ya es una pequeña obra maestra, y cuya ejecución valió a Kubrick el llamado de su protagonista, Kirk Douglas, para dirigir Espartaco (Spartacus, 1960), una aparatosa cinta histórica que el actor estaba produciendo y de la que, apenas empezando rodaje, había salido, por discusiones con Douglas, el veterano Anthony Mann. La película tuvo bastante éxito, y con sólo treinta y dos años, Kubrick había llegado a su primera cúspide en la meca del cine.


Ante ese triunfo de la pura voluntad, Kubrick aprovechó al máximo su recién cosechada fama como joven promesa, y no sólo para controlar hasta el más mínimo aspecto formal de sus películas, lo cual, en todo caso, venía haciendo desde la primera, con excepción de Espartaco, en la que supo entender que no era sino un asalariado. Al contrario, como sólo lo saben hacer los grandes formalistas, Kubrick se apropió de las historias que quería hacer, y su inimitable talento se aplicó de ahí en adelante a la expresión más confiada de su propio carácter, de su manera única de ver las cosas, con una facultad asimilativa sin antecedentes en la historia del cine, por mantener siempre la increíble pureza de su originalísimo estilo en la muy amplia gama de historias y ambientes en que el cineasta se sumergía, con una obsesión sin límites. Desde Lolita (1962), cada película de Kubrick fue un desafío intelectual y emocional, una joya cegadora… No obstante, en este artículo sólo hablaré de las tres más descollantes: Dr. Insólito, 2001 y Ojos completamente cerrados.

UNA AMBIGÜEDAD ESCUETA

De todo lo dicho hasta ahora se puede colegir una idea mordaz: Kubrick era peligroso, más que nada, porque su venenoso cine era un placer. El periodo que señala su clímax como celebridad, que va desde Dr. Insólito, en 1964, hasta mediados de los setenta, luego de La naranja mecánica, está formado –sumando 2001 a las anteriores– por tres películas que captaron la esencia de sus tiempos de modo visionario, revelando contradicciones y apuntando hacia eventuales consecuencias sin más argumentos que los de una imaginación atenta a lo que sucedía alrededor, pero lo suficientemente libre y lúcida como para estremecer y generar reacciones insospechadas. Ante esas reacciones, como el favor casi unánime que cosechó una cinta tan feroz como Dr. Insólito, los filmes de Kubrick permanecían igual de impenetrables que el sereno e implacable artista que los había creado. Kubrick rara vez alzaba la voz, pero jamás cedía en sus descomunales exigencias, y el trato con sus colaboradores gozaba de la incierta virtud que hace a su cine perdurar: la ambigüedad.

Ahora, como en el cine la ambigüedad no privilegia a la alegoría por encima del relato, la clave para captar con amplitud el sentido de las películas de Kubrick consiste en acercase con rigor a lo que se nos narra, a lo que vemos y oímos. Si miramos en esa dirección, nos percataremos de que Dr. Insólito, una comedia sobre las contingencias a las que lleva el abuso de autoridad de un general norteamericano que ordena a un escuadrón de bombarderos atacar la Unión Soviética, tiene su secreto poder en que sus personajes no son caricaturizados por el director, sino más bien por el espectador. El paranoico general Ripper, el expansivo general Turgidson, el cauto presidente Muffley, el diabólico Dr. Strangelove, son seres que se comportan, en una circunstancia exagerada, de acuerdo con su propia personalidad, e incluso toda la historia de la película –el origen de la Tercera Guerra Mundial– surge de esa intachable coherencia de principios. En cualquier caso, si uno adscribe esos personajes a una tipología, eso sucede más por la resonancia de ellos en nuestro interior.


Ante los argumentos que ofrece el general Ripper para iniciar el ataque, y que consisten en que los comunistas “nos roban nuestros preciosos fluidos vitales”, o ante los detalles con que él describe la conspiración soviética, como la “fluorización del agua”, más de uno podría sonrojarse, pero justamente serían aquéllos que no verían motivo para ello, por la astucia con que Kubrick sublima las poses más conservadoras de la Guerra Fría. Ripper es un personaje maravilloso porque hace conciencia de sí mismo y expone con nitidez unos temores que en cada cazador de brujas deben agitarse de un modo distinto, pero igual de irracional, y por eso, porque su locura es del todo idiosincrásica, incluso los red necks disfrutaban la cinta. Sólo unos cuantos derechistas a ultranza la atacaron, aunque si lo hicieron fue, de todos modos, porque pensaban que Ripper, simplemente, “se excedía”, y en eso, por supuesto, tenían toda la razón. El hecho es que los personajes de Dr. Insólito son tipologías perfectas gracias a la sugestión que produce un sagaz hiperrealismo.

Por todo lo demás, el final de la cinta es un cierre tan brillante a su vehemente locura, que no se le debe considerar nada más como el momento más alto en la obra de Kubrick, sino como el más representativo de su sobrehumano distanciamiento. La serie de bellísimas explosiones nucleares que concluye la película, musicalizada con la melancólica canción We’ll Meet Again, nos golpea con una gracia cruel, con una frialdad tal, que no hace de nada un lamento, pero que deja al descubierto, sin comentario accesorio, el soberbio ridículo de la enorme tragedia humana, y mejor aún que otros finales tan contundentes como el de La naranja mecánica, en el que Alex, pudiendo oír al fin la Novena Sinfonía de Beethoven sin sentir deseos de morir, pero fantaseando con violentas orgías, como hacía antes del tratamiento Ludovico, comenta, feliz, que ya está curado, o como el de Nacido para matar (Full Metal Jacket, 1987), en el que el ejército estadounidense canta, luego de la despiadada toma de la ciudad de Hue: “M–I–C–K–Y M–O–U–S–E, Micky Mouse… Micky Mouse…



EL SÍMBOLO MUDO

Sin embargo, la película de Kubrick por excelencia, la que de principio a fin nos muestra su absoluto estupor ante la existencia humana, hasta componer una suerte de cosmogonía individual, es, desde luego, 2001: Una odisea del espacio. Arthur C. Clarke, el escritor y científico que, a partir de su narración El centinela, escribió con Kubrick el guión de 2001, afirmaba que el cineasta quiso transmitir en la cinta ese “temor ante el Cosmos” sin el cual, según Einstein, un hombre carece de alma. La película, construida según la estructura de “unidades insumergibles” que Kubrick descubrió con ella, y que luego emplearía en sus demás filmes[2], relata, en suma, la historia de un monolito, o los momentos en que él se hace perceptible para el ser humano, desde los tiempos prehistóricos hasta un futuro que, también, puede no ser más que un sueño, aunque un sueño profético en el que a la piedra se une totalmente el destino del hombre, su muerte. 2001 consigue permanecer indescifrable, como ese monolito, y la odisea que narra no se ve menos abismal que la noche.


El prólogo es único al llevar la ciencia ficción al pasado más remoto de la civilización. Una piedra grandiosa, rectangular, perfectamente lisa, aparece ante unos cavernícolas en los mismos instantes en que ellos descubren la posibilidad de emplear un hueso como arma… Ese paso crucial de la inteligencia, esa luz devastadora, se proyecta, en un parpadeo –en un corte, lo cual no es del todo artificioso–, hacia las estaciones espaciales. Un equipo de científicos se prepara para estudiar al mismo monolito, que ha sido hallado en la luna, pero al descender y acercarse a él, una onda radial se los impide, dejándolos incomunicados y aturdidos. La misión que luego vemos, rumbo a Júpiter, tiene como objetivo, aún oculto para los exploradores, estudiar ese fenómeno, pues la onda radial del monolito se dirigió hacia ese planeta. Sin embargo, la misión falla… El sofisticadísimo computador HAL 9000 toma vida propia, adquiere una inteligencia que se rebela contra los astronautas, y el doctor Bowman debe recurrir a su más instintiva astucia para salvarse…

La imprevista autonomía de HAL es un enigma, pero lo que sucede luego nos devuelve, con Bowman, a nuestro propio enigma, que Clarke y Kubrick centran en la figura del monolito. Bowman, habiendo “matado” a HAL, se entera del verdadero objeto de su misión, y pocos meses después llega a Júpiter. Al acercarse al monolito –que, sin solución de continuidad, orbita ahora alrededor del planeta–, Bowman entra en otra dimensión, y alcanza a verse envejecido, dentro de la nave, viviendo en una alcoba estilo Luis XVI, y es testigo de su propia muerte, enfrente de la piedra, que se erige al pie de su cama. Ante una historia tan abierta, la frecuente interpretación del monolito como una semilla de inteligencia que siembra en la Tierra una civilización extraterrestre, lectura en exceso imaginativa que defienden quienes atacan, indignados, una visión del monolito como Dios, no es menos estrafalaria que ésta, pero sin duda el monolito es algo más que una simple piedra, y creo que uno debe declararse impedido para desentrañar, no sólo su naturaleza, sino la de lo que suscita.



Con todo, pese –o gracias– a que no podamos descifrar algo que, justamente, representa lo inexplicable, la perpetua ignorancia de la conciencia, en 2001 se percibe una admiración conmovida por el ser humano, capaz de crear una “inteligencia artificial” que llegue a decidir con total libertad su rebelión contra aquél que la ha creado, y ante quien, sin embargo, ella no puede triunfar… Hay que ver en ello una advertencia, una advertencia más vigente aún hoy que en 1969, y es muy diciente que Kubrick no haya llegado al siglo XXI para constatar que, si sobrevivimos al cataclismo que generan las invenciones de nuestro imponente desarrollo intelectual, tampoco se salvará mucho con ello. Como en la película, el postergado pero ineludible ocaso del hombre se dará en el mismo plano en que él surgió, y el universo acogerá nuestros despojos con la misma fertilidad de un nuevo amanecer. 2001 arderá entonces, preservada hasta el último de nuestros días, porque todo lo que tiene de metafísica y de futurista cobra sentido por su concepción extrañada, pero exacta, del misterio de la vida.

LAS SABIAS APARIENCIAS

Después de esta obra monumental, Kubrick pareció literalmente aterrizar o regresar a su planeta. En ese sentido, La naranja mecánica se puede ver, sin faltar a la verdad, como una respuesta a 2001, ya que hace una proyección al mismo futuro, pero en la Tierra… A partir de ese instante, las cintas de Kubrick –incluyendo a un ejercicio de género tan marcado como El resplandor (The Shining, 1980)– se volcaron hacia historias menos llamativas por su tema o por su anécdota que por la fuerza de sus personajes y, sobre todo, por el desequilibrio que el entorno ocasiona en su interior. Todas ellas, en registros tan opuestos como el cine histórico o el de terror, giran en torno a la represión o al tiránico encauzamiento que le da la sociedad a los instintos, y dejan ver que ese conflicto no tiene solución, y que lo que uno es en el fondo de sí mismo siempre resulta vencido por ambos bandos, en encrucijadas o duelos donde no se sabe quién dispara primero, ni a favor de quién, como lo ilustran, de modo explícito, los finales de Barry Lindon y de Nacido para matar.



Ante esa inquietud permanente, la conclusión perfecta de la obra de Kubrick fue Ojos completamente cerrados. La odisea urbana del doctor Harford, originada por su desconcierto ante la confesión que su mujer le hace sobre la acalorada fantasía que tuvo una vez con un marinero, desemboca en el encuentro casual con un oscuro grupo de personas que se reúne a practicar un anónimo ritual orgiástico del que no debe saber nadie que no haya sido invitado, por lo que Harford, descubierto, llega a estar al borde de la muerte. Sólo una chica desconocida lo salva, ofreciendo su cuello por él, y el universo subterráneo de los instintos, elevado entre máscaras y disfraces, bajo consignas cerradas, a la más elegante y selecta costumbre, extiende luego sus dedos poderosos hasta casi asfixiar a Harford para que no abra la boca y diga palabra alguna sobre lo que vio. Al llegar a su casa después de dos días en los que ha debido aprender que lo mejor es hacer caso omiso de la tragedia de que fue testigo, encuentra su máscara en la almohada, al lado de su mujer…



Pese a que 2001 sea más grandiosa, tal vez Ojos completamente cerrados es una obra más perturbadora que cualquier otra película de Kubrick. En ella se descubre la telaraña con que los celos terminan por dominarnos de un modo tan total y apabullante como la soterrada violencia con que el poder nos previene de su indeseable condena, y así mismo el control inadvertido y absoluto al que nos vemos sometidos por unos cuantos nos afecta igual que la caprichosa e impredecible fragilidad de un amor en el que somos poco más que una máscara. Desde mi punto de vista, Kubrick vivió para hacer esta película, que remueve los cimientos de la civilización con más fuerza que ninguna otra de las que hubiera hecho antes. Su muerte, justo luego de finalizarla, y seguida de la de los otros tres maestros que mencioné al principio de este artículo, tan ancianos como el hombre que le entrega una carta a Harford recomendándole que deje de averiguar quiénes son “ellos”, pudo ser sólo una casualidad, y es mejor que la veamos así. En últimas, quizá los misterios no son sino puras apariencias.



[1] En nombre de Dios, David Yallop, traducción de Sebastián Bel Espino, Bogotá, Oveja Negra, 1984, 329 p. Este texto, muy escandaloso en su momento, fue el primero que abordó seriamente, con pruebas, el crimen detrás de la muerte de Albino Luciani, el papa Juan Pablo I.
[2] Las “unidades insumergibles”, como las llamaba Kubrick, son grandes bloques dramáticos, casi autónomos, que, unidos de un modo abierto, como en 2001, evocativo, como en La naranja mecánica, o lineal, como en Barry Lindon o todas las películas posteriores del director, logran conformar el largometraje. El principio es muy sencillo, pero punto por punto afín al cine compacto y simétrico que siempre caracterizó al cineasta norteamericano.